La lechuga es una de las hortalizas más agradecidas para cultivar en casa, pero también una de las que más sufre con el calor. Durante el verano, el mayor desafío es mantenerla fresca, tierna y productiva sin que se “espigue” antes de tiempo. Para lograrlo, el primer paso es cuidar el riego: la lechuga tiene raíces superficiales, por lo que necesita un sustrato siempre ligeramente húmedo. No se trata de encharcar, sino de evitar que la tierra se seque por completo, especialmente en días calurosos.
La ubicación también marca la diferencia. Aunque necesita luz, la lechuga agradece recibir sol suave en la mañana y algo de sombra por la tarde. Esto reduce el estrés térmico y ayuda a que las hojas crezcan más lentamente, manteniendo mejor textura y sabor. En macetas o jardineras, usar mulch —como paja, corteza o incluso hojas secas— ayuda a conservar la humedad del suelo y proteger las raíces del calor excesivo.
En cuanto al manejo diario, conviene espaciar bien las plantas para que circule el aire y evitar enfermedades. Puedes cosechar retirando las hojas externas primero, lo que permite que la planta siga produciendo por más tiempo. Si notas que empieza a formar tallo central muy rápido, es señal de estrés: revisa riego, exposición solar y temperatura. Con estos cuidados simples, la lechuga puede convertirse en una de las protagonistas del huerto de verano.